03 enero, 2012
El pasado primero de enero de 2012 tres jóvenes fueron asesinados en un predio de Villa Moreno en la zona Sur de Rosario mientras festejaban la llegada del año nuevo; Adrián Rodríguez de 21 años, Jeremías Trasante de 17 y Claudio Suárez de 19 años. Las hipótesis que empezaron a circular en los medios de comunicación inmediatamente después del hecho y hasta hoy, elucubran acerca de posibles ajustes de cuenta, represalias, o vinculaciones con la barra brava de Newells. Llaman la atención los titulares que anotician los tres asesinatos refiriéndose a “enfrentamiento” cuando los adolescentes estaban desarmados, y aun mas, la cantidad de teorías que justifican la impunidad de estas muertes así como también la ausencia de datos reales y de reflexiones acerca de la inacción del Estado provincial y municipal que suele desentenderse de los homicidios que vienen repitiéndose permanentemente.
Adrian, Jeremías y Claudio militaban en el Frente 26 de Junio Darío Santillán, eran pibes adolescentes, de barrio, organizados en la búsqueda y construcción del futuro que como parte marginada de la ciudad de Rosario les es sistemáticamente negado. Pedro Salinas, integrante de la agrupación, expresó “ninguno de los pibes tenía antecedentes penales, versión que circuló inmediatamente después de la masacre. Desde ya que ninguno de ellos estaba armado. Eran inocentes.” Los agresores estaban fuertemente armados, con armas de alto calibre y uno de ellos con chaleco antibalas.
No podemos dejar de repudiar estos hechos y de exigir al gobierno provincial que intervenga más allá de las zonas céntricas de la ciudad porque mientras no hay decisión política y acciones concretas a través de políticas públicas, la violencia se acrecienta y se llega a instancias como éstas en que el principio de un año nuevo conmociona a un barrio con tiros y muertes que reciben chicos con toda una vida por delante.
Como organización del peronismo de base, hemos apostado a trabajar en barrios marginales, con jóvenes que como estos tres compañeros día a día luchan por un mundo mejor en sus barrios sin posibilidades ni acceso digno a políticas sociales que generen construcciones de lazos saludables, contenedores y potenciadores de capacidades individuales y colectivas, los jóvenes son el presente, y nos debemos como organizaciones políticas debatir que tipo de construcción ciudadana se está desarrollando en nuestra ciudad, que tipo de inserción social todos estos pibes de barrio pueden acceder y fundamentalmente construir junto a ellos un mundo más feliz. Nos solidarizamos con los padres de las víctimas, víctimas de un sistema viciado e incapaz de reconocer victimas!.- exigimos justicia y nos ponemos a disposición de la organización, como de los familiares en comenzar a profundizar la lucha y el develar las mentiras de la corrupción.
06 diciembre, 2011
Agrupación Envar el Kadri Peronismo de Base
Homenaje a Tacuarita Brandazza - 30 de Noviembre 2011
El pasado día miércoles 30 de noviembre de 2011 en SADOP (Montevideo 1567) la Agrupación Envar el Kadri y la Juventud de la Central de Trabajadores Argentinos recordamos a un compañero desaparecido del Peronismo de Base de la ciudad de Rosario: Ángel Tacuarita Brandazza. Tacuarita fue secuestrado por el comando Sub Área Rosario, dependiente del Segundo Cuerpo del Ejército el 28 de noviembre de 1972 y hasta el momento no ha habido justicia ni esclarecimiento. De hecho, la dictadura de Lanusse suele ser minimizada frente al genocidio posterior instaurado a partir del 24 de marzo de 1976, por lo que es de suma importancia, creemos, reflexionar en torno a la ilegalidad del terrorismo de estado previo al último golpe.
Este espacio político tiene la convicción de recuperar la memoria colectiva y popular como base para la construcción de la sociedad de mañana y en ese marco se desarrolló un panel con la presencia de la mesa nacional de la CTA que acompaña a Hugo Yasky en la presencia del secretario adjunto, Marcelo Frondizzi y Eva Durá quien conduce la Juventud de la CTA. La mesa también estuvo integrada por Camila Bettanin de la Envar el Kadri Rosario en el marco de la presentación de la agrupación que intenta recoger las mejores tradiciones del peronismo de base. Luego de las pertinentes presentaciones, se proyectó el documental "Me llamo Brandazza, me secuestra la policía" realizado por el cineasta Jorge Jäger. La jornada contó con la presencia de compañeros que vienen de la experiencia del peronismo de base en la ciudad y con Ema Lucero, hermana de quien presidió la comisión investigadora para el esclarecimiento del caso Brandazza, Juan Lucero, actualmente residente en Dinamarca.
Como agrupación, formamos parte del frente nacional que conduce Cristina y creemos que la organización política y social es indispensable como herramienta de los trabajadores, de los desocupados, de los pueblos originarios porque tenemos la convicción de la militancia como forma de vida y de construcción junto al pueblo en el largo camino de la recuperación de derechos. Por todo esto, reivindicamos la historia de la que somos producto, que está plagada de los mejores sueños e ilusiones populares. Tacuarita tenía apenas 23 años cuando fue desaparecido por su militancia peronista en los barrios marginales de Rosario.
Tacuarita Brandazza, presente!
Compañeros desaparecidos y asesinados, presentes!
"... ser peronistas no es para nosotros un sentimiento, o una palabra linda, sino el deber que tenemos como argentinos, como obreros, como explotados de que la sangre de los caídos no sea en vano, que su muerte no sea negociada, que toda nuestra lucha tiene un objetivo: la creación de una sociedad donde los únicos privilegiados sean los que hoy son explotados."
decisiones
Lo fui siguiendo al Minbar en las idas y corridas de apuros y autos, de sangre y ineludibles realidades. Memoria viva del paso por tanta muerte, de la salida de tanto odio, y lo escuchaba decir las palabras con el amor de un incansable luchador que sueña con brillo en los ojos cargando pesadillas en la espalda. Se me llenaron los ojos de lágrimas recién cuando dijo, “me separé de ella una tarde, después de haber estado horas esperando que nos atendieran para una denuncia que no nos aceptaron, porque mientras mirábamos una vidriera por calle Córdoba, ella, resignada, me dijo “con esto no va a pasar nada”. El asombro ante la aparente inutilidad del intento, en boca de la compañera con la que compartían que "donde hay un imposible, hay un posible, y la tristeza de ver que ella ya no lo creía hizo que ésa sea la última tarde de nuestra relación”.
va, viene, deviene
una pendeja de veinte años le dice a un viejo de sesenta, ¿vos militas? Al viejo, que hace rato le quebraron las ilusiones, a fuerza de destierro y soledad, sonríe y se pone serio, contesta que esa palabra, militar, no le gusta, lo inquieta
o no le convence,
le da dudas,
¿qué es militar?
Sí, piensa la pequeña, el problema está en la palabra,
la representación, el nombre que intenta amalgamar
un escepticismo forzado con un sueño inconcluso.
o no le convence,
le da dudas,
¿qué es militar?
Sí, piensa la pequeña, el problema está en la palabra,
la representación, el nombre que intenta amalgamar
un escepticismo forzado con un sueño inconcluso.
marolla
El rejunte de las olas, el arrastre de lo que revuelven, ese barullo que son ellas mismas, las olas, en movimiento, y en conjunto, comiéndose
y volviendo a levantarse
desde la superficie aparentemente delimitada, hasta que el agua sube y crece y ahí me tiro de cabeza sabiendo que mientras ¿entro? la ola rompe con fuerza y a lo mejor me sacude los pies o me revuelca pero ni siquiera pienso en esto porque cuando saque la cabeza al aire otra ola va creciendo, como si estuvieran coordinadas en una tarea común de ser el mar. Revuelvo la olla con una cuchara de madera haciendo la forma del ocho, como vi que hace mi hermana. Prefiero dar vueltas, muchas vueltas para un lado, y de repente, ir en contramano, pero el ocho me distrae, me deja cerca de mi hermana. El Dr. Marolla, personaje de Boris, se hizo la idea, siendo chico, de que podía meter el mar en una olla. Y lo hacía. Incluso medía la sal. Para que tuviera suficiente. Como el mar cuando lo tragás. con la boca, la lengua, los dientes,
los ojos, la nariz. algún sacudón,
una toz,
una risa en los segundos que hay hasta la próxima ola que viene, desafiante. Si dejo de revolver escucho el rumor a borbotones de las burbujas salpicándose alrededor de la olla y de las más grandes en el medio. Chilla la pava si hierve. La trajo la negra, porque la anterior estaba despintada y quemada. Cómo se convierte una pava despintada en el motivo de un cambio que la suplanta y así como así, después de algunos años de poner al fuego varias veces por día esa pava azul con manchas negras y con mañas que ya manejaba, pasó a estar en un estante
adentro de una bolsa,
olvidada, inútil. Pero el ruido ensordecedor de las olas me envuelve como si yo también fuera una ola cómplice, consciente, que escucha cómo suenan las sombras
los ecos
de esa maravillosa creación.
Si todos pudieran viajar. O el mar se dividiera un poco más,
por acá por allá. Si pudieran viajar. La percepción viendo mar,
esa sensación vacíolleno
la orilla los perros que entran, salen, corren
¡familias que lavan ropa!,
el viejo que pelea para no aflojar mientras el mar tira y los huesos sienten,
la piel arrugada
la ola que lo lleva por delante y le golpea la espalda mientras alguno corre porque tiene frío y otros ríen porque parecieran estar en una fantasía.
Si habría una porción de mar en cada pueblo, en cada barrio,
como clubs. Un registro inevitable,
se elija o no.
No se trata de que haya un mar en cada patio de cada casa de cada persona, que tenga patio y que viva en una casa. No sería el extremo del mate, metido en la cocina diaria, arriba de una mesa, sobre las rodillas, entre las manos, en distintos momentos del día. Metido en esa forma de poner agua a calentar,
que no se hierva,
controlar la hinchazón a la yerba,
y la lengua que arde, y algún otro que putea. El mate. Qué imperativo. Jaque Mate. No, otra forma de mar.
queJa teMa.
¿dónde estás vos,
metido en la olla?,
¿ siguiendo la cuchara de madera mientras te sigue?
Yo me quedé en los ojos exiliados, sin ver el cuerpo más que en los ojos exiliados. Debe decir algo sobre todoesto. Los ojos siguen y hablarán con alguien abajo de un limonero o cruzando la esquina.
En una clase de filosofía, de la secundaria, la gorda no entendía cómo podría la cabeza aislarse del cuerpo, se la debe haber tocado en ese momento y como estaba ahí arriba le pareció impensable que saliera, se moviera. me enojé, y le dije
no seas idiota.
un paso para algún lado. en tan estrecho margen no iba a poder,
en este caso,
dejar de creer que no entendía lo que estábamos hablando.
Cuando sentí que ni nos rozábamos, la manoteé en una imagen y la senté en una mesa, con sillas alrededor, un cerebro arriba de la mesa, los ojos flotando encima, creyendo acaparar un panorama que a su vez se le escapaba pero
tampoco quise volársela. hice aparecer unos cablecitos para que se distrajera en lo que sí veía, o para que al menos los tuviera delante con la incógnita de qué hacer.
En la escuela provocaba mucho enojo. Y me enojaba también, pero no tanto como los que se enojaban conmigo. En número eran minoría pero concentrada. El narrador omnipresente exige estar donde no se está, entonces hay que cuidar los detalles para que no se note, intentar llegar a tiempo para no invalidar al otro, que intenta ser nuestro personaje. Que el narrador omnipresente sea además Otro personaje, me intimida a mí, que me desnudo mirando y quedo en una especie de desnudo de ojos exiliados. O todo lo contrario. Vestida con ojos y anteojos puestos. Porque la impostura deno leer al estar leyendo a un personaje a medida que sale del lápiz con el que lo escribo, haciendo creer una omnipresencia que a lo mejor me contradice por puro arte, mmm, no sé. Crisis. Sisirc. Cri, Sis. Sisi. La maya flotando, las rodillas lastimadas, los brazos raspados, el golpe en la mandíbula, las olas con las que vengo, con las que intento llegar. Todo vuelve a estar a punto de ser cambiado. Cualquier cosa. La costumbre. Y el mate va a seguir. Entre indios y caretas, entre caras y revoluciones, como viene y llega de tu mano a la mía esta tarde temprana de revoloteo en el mar.
y volviendo a levantarse
desde la superficie aparentemente delimitada, hasta que el agua sube y crece y ahí me tiro de cabeza sabiendo que mientras ¿entro? la ola rompe con fuerza y a lo mejor me sacude los pies o me revuelca pero ni siquiera pienso en esto porque cuando saque la cabeza al aire otra ola va creciendo, como si estuvieran coordinadas en una tarea común de ser el mar. Revuelvo la olla con una cuchara de madera haciendo la forma del ocho, como vi que hace mi hermana. Prefiero dar vueltas, muchas vueltas para un lado, y de repente, ir en contramano, pero el ocho me distrae, me deja cerca de mi hermana. El Dr. Marolla, personaje de Boris, se hizo la idea, siendo chico, de que podía meter el mar en una olla. Y lo hacía. Incluso medía la sal. Para que tuviera suficiente. Como el mar cuando lo tragás. con la boca, la lengua, los dientes,
los ojos, la nariz. algún sacudón,
una toz,
una risa en los segundos que hay hasta la próxima ola que viene, desafiante. Si dejo de revolver escucho el rumor a borbotones de las burbujas salpicándose alrededor de la olla y de las más grandes en el medio. Chilla la pava si hierve. La trajo la negra, porque la anterior estaba despintada y quemada. Cómo se convierte una pava despintada en el motivo de un cambio que la suplanta y así como así, después de algunos años de poner al fuego varias veces por día esa pava azul con manchas negras y con mañas que ya manejaba, pasó a estar en un estante
adentro de una bolsa,
olvidada, inútil. Pero el ruido ensordecedor de las olas me envuelve como si yo también fuera una ola cómplice, consciente, que escucha cómo suenan las sombras
los ecos
de esa maravillosa creación.
Si todos pudieran viajar. O el mar se dividiera un poco más,
por acá por allá. Si pudieran viajar. La percepción viendo mar,
esa sensación vacíolleno
la orilla los perros que entran, salen, corren
¡familias que lavan ropa!,
el viejo que pelea para no aflojar mientras el mar tira y los huesos sienten,
la piel arrugada
la ola que lo lleva por delante y le golpea la espalda mientras alguno corre porque tiene frío y otros ríen porque parecieran estar en una fantasía.
Si habría una porción de mar en cada pueblo, en cada barrio,
como clubs. Un registro inevitable,
se elija o no.
No se trata de que haya un mar en cada patio de cada casa de cada persona, que tenga patio y que viva en una casa. No sería el extremo del mate, metido en la cocina diaria, arriba de una mesa, sobre las rodillas, entre las manos, en distintos momentos del día. Metido en esa forma de poner agua a calentar,
que no se hierva,
controlar la hinchazón a la yerba,
y la lengua que arde, y algún otro que putea. El mate. Qué imperativo. Jaque Mate. No, otra forma de mar.
queJa teMa.
¿dónde estás vos,
metido en la olla?,
¿ siguiendo la cuchara de madera mientras te sigue?
Yo me quedé en los ojos exiliados, sin ver el cuerpo más que en los ojos exiliados. Debe decir algo sobre todoesto. Los ojos siguen y hablarán con alguien abajo de un limonero o cruzando la esquina.
En una clase de filosofía, de la secundaria, la gorda no entendía cómo podría la cabeza aislarse del cuerpo, se la debe haber tocado en ese momento y como estaba ahí arriba le pareció impensable que saliera, se moviera. me enojé, y le dije
no seas idiota.
un paso para algún lado. en tan estrecho margen no iba a poder,
en este caso,
dejar de creer que no entendía lo que estábamos hablando.
Cuando sentí que ni nos rozábamos, la manoteé en una imagen y la senté en una mesa, con sillas alrededor, un cerebro arriba de la mesa, los ojos flotando encima, creyendo acaparar un panorama que a su vez se le escapaba pero
tampoco quise volársela. hice aparecer unos cablecitos para que se distrajera en lo que sí veía, o para que al menos los tuviera delante con la incógnita de qué hacer.
En la escuela provocaba mucho enojo. Y me enojaba también, pero no tanto como los que se enojaban conmigo. En número eran minoría pero concentrada. El narrador omnipresente exige estar donde no se está, entonces hay que cuidar los detalles para que no se note, intentar llegar a tiempo para no invalidar al otro, que intenta ser nuestro personaje. Que el narrador omnipresente sea además Otro personaje, me intimida a mí, que me desnudo mirando y quedo en una especie de desnudo de ojos exiliados. O todo lo contrario. Vestida con ojos y anteojos puestos. Porque la impostura de
05 diciembre, 2011
entre la cárcel y el manicomio, Hogar del Huérfano
El Hogar del Huérfano de la ciudad de Rosario ocupa media manzana por Cerrito y Laprida, donde funciona además, un jardín de infantes. Esta mañana las paredes aparecieron pintadas con aerosol denunciando los maltratos y abusos a los que se somete a los niños.
Para el que no reparó en su estructura, las paredes son altas, anchas y largas, de color amarillentas y con algunas leyendas que se van repitiendo a lo largo del Hogar: "colabore no escribiendo las paredes, limpiarlas cuesta tiempo y dinero, acá hay muchos niños, Rosario ayuda a mantener este Hogar, no ensucie, etc". Sobre éstas, se inscribieron las respuestas en aerosol.
Tiene ventanas enormes a la altura del primer y segundo piso, enrejadas, y en la mayoría del día, cerradas las persianas. Muy rara vez, cuando están abiertas, se ve algún que otro petiso agarrado a las rejas. La mayoría de las veces se ven los techos altos de adentro, la oscuridad de los ambientes y paredes, y el escalofrío de saber en qué malas manos hay tantos niños, bebés, adolescentes con la complicidad de todos.
Una de las pintadas que un señor, al rayo del sol, estaba limpiando cuando pasamos con iván caminando hace un rato, decía "Este hogar es una CÁRCEL". Borrarlo no parece fácil; en la palabra rosario pintaron un redondel, una flecha y "cómplice". En la palabra "niños" otra flecha y "maltratados" y así, a cada paso una denuncia: "120 años forreando a la sociedad" "acá violan chicos" "mirá como ensucio" "violadores" "abusadores".
La justicia viene hace más de veinte años archivando las denuncias, La Capital rompió el silencio hace algunos meses atrás, y mientras tanto 130 chicos (sobre)viven bajo la lógica del encierro de una Institución que destruyendo "aloja niños peligrosos, en situación de calle, por violencia familiar o falta de recursos económicos".
¿habrá alguna manera de terminar con una institución que viola -sin metáfora- derechos humanos, valores democráticos, la Nueva Ley de Salud Mental y toda legalidad básica? ¿o tendrán que seguir hablando las paredes? al menos, los vecinos, los que llevaron esta mañana chicos al jardín, y el señor que se encargó de borrar los gritos deben haber pensado qué carajo están haciendo de éste y de aquel lado de las rejas?
Para el que no reparó en su estructura, las paredes son altas, anchas y largas, de color amarillentas y con algunas leyendas que se van repitiendo a lo largo del Hogar: "colabore no escribiendo las paredes, limpiarlas cuesta tiempo y dinero, acá hay muchos niños, Rosario ayuda a mantener este Hogar, no ensucie, etc". Sobre éstas, se inscribieron las respuestas en aerosol.
Tiene ventanas enormes a la altura del primer y segundo piso, enrejadas, y en la mayoría del día, cerradas las persianas. Muy rara vez, cuando están abiertas, se ve algún que otro petiso agarrado a las rejas. La mayoría de las veces se ven los techos altos de adentro, la oscuridad de los ambientes y paredes, y el escalofrío de saber en qué malas manos hay tantos niños, bebés, adolescentes con la complicidad de todos.
Una de las pintadas que un señor, al rayo del sol, estaba limpiando cuando pasamos con iván caminando hace un rato, decía "Este hogar es una CÁRCEL". Borrarlo no parece fácil; en la palabra rosario pintaron un redondel, una flecha y "cómplice". En la palabra "niños" otra flecha y "maltratados" y así, a cada paso una denuncia: "120 años forreando a la sociedad" "acá violan chicos" "mirá como ensucio" "violadores" "abusadores".
La justicia viene hace más de veinte años archivando las denuncias, La Capital rompió el silencio hace algunos meses atrás, y mientras tanto 130 chicos (sobre)viven bajo la lógica del encierro de una Institución que destruyendo "aloja niños peligrosos, en situación de calle, por violencia familiar o falta de recursos económicos".
¿habrá alguna manera de terminar con una institución que viola -sin metáfora- derechos humanos, valores democráticos, la Nueva Ley de Salud Mental y toda legalidad básica? ¿o tendrán que seguir hablando las paredes? al menos, los vecinos, los que llevaron esta mañana chicos al jardín, y el señor que se encargó de borrar los gritos deben haber pensado qué carajo están haciendo de éste y de aquel lado de las rejas?
| MIRÁ COMO ENSUCIO |
03 diciembre, 2011
(sin título)
Le lleva dos cabezas, o una y media, no se tampoco si cabeza es la medida,
la cuestión es que los ojos de ella se clavan más abajo de los hombros de él, donde irían las tetas que no tiene, y a lo ancho también la sobrepasa o la dobla, porque él es grandote y ella está como en un cuerpo chiquito cuando lo mira. Pero un cuerpo. Delimitado, abrazable, libre en su desnudez, con muchos huequitos por dentro donde esconderse o al menos irse
para que la vaya a buscar, en el cuello, en un apretón de manos, adentro. Pedro tiene esa mirada inquieta del que busca encontrar sentidos donde dejar los ojos. Recorre lo que tiene alrededor con una precisión penetrante que de tanto en tanto lo deja vacío, solo, lejos. No se va sin encontrar. Un choque tranquilizador, un camino por el que volver a pasar. La pirula lo ve, se ve, mira
como si fuera la única forma de salir,
de ir, estar y volver.
Cómo los cruzó la vida y qué es estar cerca en una reunión, en una charla, entre unos mates. Él es de una generación diez años anterior a la de ella. Los viejos de ellos son de una generación con tres años de diferencia. La distancia entre lo que cada uno vivió en términos históricos hoy pueden caminarla por sobre un puente. Pepe, el viejo de él, estuvo en el torbellino violento y apurado que impusieron los milicos. Al tano, viejo de ella, no lo chupó la escalada que vino por todo, estaba en el mismo torbellino pero atrasado unos años y eso permitió otras salidas. Otros hijos. Que mientras crecen se cruzan. Y se miran con la indignación de no querer aceptar cuánta mierda corrió allá atrás, esa pregunta-espina-asustada ¿de dónde carajo venimos? -que vuelve necio al que no ve que
vinimos y seguimos,
que estamos y vamos.-
Pedro se enreda en las vueltas que da por descifrar la falla de la maquina que nos destruye. Inventa diques, corta una autopista de espejos de colores que hace estallar con dardos voladores y tira semillas para que crezcan flores en la tierra de entrada al nuevo camino. Vienen pajaritos que son tiernos como personas, que pían como si fueran besos, que vuelan como en sueños y despiertos. La pirula se sube a las alas que recorren el viento que revuelve y mira las flores que crecen
como si fuera la única verdad.
Juegan los hombres mientras
ellos se miran jugar
y hay como una tristeza honda en esa ilusión
que cabe en una conversación y desborda
los cuerpos que se miran a los ojos
con la lucidez y locura
de los que se ven y se pierden.
la cuestión es que los ojos de ella se clavan más abajo de los hombros de él, donde irían las tetas que no tiene, y a lo ancho también la sobrepasa o la dobla, porque él es grandote y ella está como en un cuerpo chiquito cuando lo mira. Pero un cuerpo. Delimitado, abrazable, libre en su desnudez, con muchos huequitos por dentro donde esconderse o al menos irse
para que la vaya a buscar, en el cuello, en un apretón de manos, adentro. Pedro tiene esa mirada inquieta del que busca encontrar sentidos donde dejar los ojos. Recorre lo que tiene alrededor con una precisión penetrante que de tanto en tanto lo deja vacío, solo, lejos. No se va sin encontrar. Un choque tranquilizador, un camino por el que volver a pasar. La pirula lo ve, se ve, mira
como si fuera la única forma de salir,
de ir, estar y volver.
Cómo los cruzó la vida y qué es estar cerca en una reunión, en una charla, entre unos mates. Él es de una generación diez años anterior a la de ella. Los viejos de ellos son de una generación con tres años de diferencia. La distancia entre lo que cada uno vivió en términos históricos hoy pueden caminarla por sobre un puente. Pepe, el viejo de él, estuvo en el torbellino violento y apurado que impusieron los milicos. Al tano, viejo de ella, no lo chupó la escalada que vino por todo, estaba en el mismo torbellino pero atrasado unos años y eso permitió otras salidas. Otros hijos. Que mientras crecen se cruzan. Y se miran con la indignación de no querer aceptar cuánta mierda corrió allá atrás, esa pregunta-espina-asustada ¿de dónde carajo venimos? -que vuelve necio al que no ve que
vinimos y seguimos,
que estamos y vamos.-
Pedro se enreda en las vueltas que da por descifrar la falla de la maquina que nos destruye. Inventa diques, corta una autopista de espejos de colores que hace estallar con dardos voladores y tira semillas para que crezcan flores en la tierra de entrada al nuevo camino. Vienen pajaritos que son tiernos como personas, que pían como si fueran besos, que vuelan como en sueños y despiertos. La pirula se sube a las alas que recorren el viento que revuelve y mira las flores que crecen
como si fuera la única verdad.
Juegan los hombres mientras
ellos se miran jugar
y hay como una tristeza honda en esa ilusión
que cabe en una conversación y desborda
los cuerpos que se miran a los ojos
con la lucidez y locura
de los que se ven y se pierden.
27 noviembre, 2011
24 octubre, 2011
24 abril, 2011
08 abril, 2011
29 marzo, 2011
de vez en cuando su cuerpo respira
Encontré el último papelito. Sonreí, con un suspiro inútil. Había empezado yo, antes de que la cosa empezara acá afuera, donde de tanto repetir o mantener se ve y se toca y se habla que algo pasa, que estamos en camino, en algún camino. Le dejaba papelitos en la mochila, tratando que no se diera cuenta, cuando cerraba los ojos, esos faroles que eran como míos o no eran para el mundo. Me divertía saber que se iba a sorprender, más tarde, cuando lo encontrara, antes que lo guardara en la billetera. Porque después de dos o tres ya supe que estaban uno arriba del otro, como pegados, atrás del pasado que pasea en fotos carnet. Escribía tres o cuatro papelitos y elegía los lugares, a veces cuando empezábamos a irnos de acá, los metía en el bolsillo del pantalón y aunque me olvidara, el papelito seguía ahí. Me avisó, cuando le abrí la puerta que había hecho lo mismo, se había multiplicado en mi cuarto, a las apuradas mientras me bañaba, siempre me avisaba, creía que las sorpresas le salían mal. Abrí el cajón y sonreí, ese día, me despeinaba y caían palabras. Supe que faltaba uno. Y aunque me olvidé, el papelito siguió ahí.
Hace un rato paré en la biblioteca, fui al estante de los libros a medias, pendientes, esos que quiero pero no puedo, por el tiempo, las prioridades, y agarré uno que fue a parar hace varios meses al estante olvidado, casi un año al margen de la mesa de luz. Me acosté y se cayó, el papelito, sorprendiéndome, el último de esos que escondió un día mientras me bañaba.
Hace un rato paré en la biblioteca, fui al estante de los libros a medias, pendientes, esos que quiero pero no puedo, por el tiempo, las prioridades, y agarré uno que fue a parar hace varios meses al estante olvidado, casi un año al margen de la mesa de luz. Me acosté y se cayó, el papelito, sorprendiéndome, el último de esos que escondió un día mientras me bañaba.
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