Le lleva dos cabezas, o una y media, no se tampoco si cabeza es la medida,
la cuestión es que los ojos de ella se clavan más abajo de los hombros de él, donde irían las tetas que no tiene, y a lo ancho también la sobrepasa o la dobla, porque él es grandote y ella está como en un cuerpo chiquito cuando lo mira. Pero un cuerpo. Delimitado, abrazable, libre en su desnudez, con muchos huequitos por dentro donde esconderse o al menos irse
para que la vaya a buscar, en el cuello, en un apretón de manos, adentro. Pedro tiene esa mirada inquieta del que busca encontrar sentidos donde dejar los ojos. Recorre lo que tiene alrededor con una precisión penetrante que de tanto en tanto lo deja vacío, solo, lejos. No se va sin encontrar. Un choque tranquilizador, un camino por el que volver a pasar. La pirula lo ve, se ve, mira
como si fuera la única forma de salir,
de ir, estar y volver.
Cómo los cruzó la vida y qué es estar cerca en una reunión, en una charla, entre unos mates. Él es de una generación diez años anterior a la de ella. Los viejos de ellos son de una generación con tres años de diferencia. La distancia entre lo que cada uno vivió en términos históricos hoy pueden caminarla por sobre un puente. Pepe, el viejo de él, estuvo en el torbellino violento y apurado que impusieron los milicos. Al tano, viejo de ella, no lo chupó la escalada que vino por todo, estaba en el mismo torbellino pero atrasado unos años y eso permitió otras salidas. Otros hijos. Que mientras crecen se cruzan. Y se miran con la indignación de no querer aceptar cuánta mierda corrió allá atrás, esa pregunta-espina-asustada ¿de dónde carajo venimos? -que vuelve necio al que no ve que
vinimos y seguimos,
que estamos y vamos.-
Pedro se enreda en las vueltas que da por descifrar la falla de la maquina que nos destruye. Inventa diques, corta una autopista de espejos de colores que hace estallar con dardos voladores y tira semillas para que crezcan flores en la tierra de entrada al nuevo camino. Vienen pajaritos que son tiernos como personas, que pían como si fueran besos, que vuelan como en sueños y despiertos. La pirula se sube a las alas que recorren el viento que revuelve y mira las flores que crecen
como si fuera la única verdad.
Juegan los hombres mientras
ellos se miran jugar
y hay como una tristeza honda en esa ilusión
que cabe en una conversación y desborda
los cuerpos que se miran a los ojos
con la lucidez y locura
de los que se ven y se pierden.
la cuestión es que los ojos de ella se clavan más abajo de los hombros de él, donde irían las tetas que no tiene, y a lo ancho también la sobrepasa o la dobla, porque él es grandote y ella está como en un cuerpo chiquito cuando lo mira. Pero un cuerpo. Delimitado, abrazable, libre en su desnudez, con muchos huequitos por dentro donde esconderse o al menos irse
para que la vaya a buscar, en el cuello, en un apretón de manos, adentro. Pedro tiene esa mirada inquieta del que busca encontrar sentidos donde dejar los ojos. Recorre lo que tiene alrededor con una precisión penetrante que de tanto en tanto lo deja vacío, solo, lejos. No se va sin encontrar. Un choque tranquilizador, un camino por el que volver a pasar. La pirula lo ve, se ve, mira
como si fuera la única forma de salir,
de ir, estar y volver.
Cómo los cruzó la vida y qué es estar cerca en una reunión, en una charla, entre unos mates. Él es de una generación diez años anterior a la de ella. Los viejos de ellos son de una generación con tres años de diferencia. La distancia entre lo que cada uno vivió en términos históricos hoy pueden caminarla por sobre un puente. Pepe, el viejo de él, estuvo en el torbellino violento y apurado que impusieron los milicos. Al tano, viejo de ella, no lo chupó la escalada que vino por todo, estaba en el mismo torbellino pero atrasado unos años y eso permitió otras salidas. Otros hijos. Que mientras crecen se cruzan. Y se miran con la indignación de no querer aceptar cuánta mierda corrió allá atrás, esa pregunta-espina-asustada ¿de dónde carajo venimos? -que vuelve necio al que no ve que
vinimos y seguimos,
que estamos y vamos.-
Pedro se enreda en las vueltas que da por descifrar la falla de la maquina que nos destruye. Inventa diques, corta una autopista de espejos de colores que hace estallar con dardos voladores y tira semillas para que crezcan flores en la tierra de entrada al nuevo camino. Vienen pajaritos que son tiernos como personas, que pían como si fueran besos, que vuelan como en sueños y despiertos. La pirula se sube a las alas que recorren el viento que revuelve y mira las flores que crecen
como si fuera la única verdad.
Juegan los hombres mientras
ellos se miran jugar
y hay como una tristeza honda en esa ilusión
que cabe en una conversación y desborda
los cuerpos que se miran a los ojos
con la lucidez y locura
de los que se ven y se pierden.
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