Cuando memorizo, y vuelvo a ser otras que fui, a veces camino el pasillo hasta la ventana abierta de la puerta de la casa de mi abuela y le pregunto en puntas de pie si puedo ir al kiosco, porque una vez le dije eso y me dio monedas y ahí empezamos a repetirnos.
o miro esos años que me los pasé hablando, hasta dormida. dejaba de hablar para cantar, parada en la clase de música nacíenunbarriodondeellujofueunalbur y en la esquina de Juan de Garay y San Martín, la canción que quiera por la moneda que tenga y los más viejos se sensibilizaban, las parejas, aburridas, me daban monedas, por la serenata inesperada, por la anécdota de la semana, porque se habían reído. Después volvía a hablar, me había encargado de legitimarme, traía años de chistes de jaimito, de cuentos interminables que escribía en la mesita ratona del living y después leía persiguiendo por la casa a cualquiera, yo sabía que esperaban, sin que llegara, que hubiera un punto, que cerrara una idea, que terminara el cuento. no me lo decían, ni yo les daba el gusto.
aunque hubo una o dos que casi me salvan de lo que vino después. que me dijeron, hinchapelotas, no paras de hablar, quién te dijo que cantas bien. Casi me salvan si no se hubieran dado vuelta después, porque a esa edad le siguió la otra, la de hacer como que sabía lo que decía, que entendía lo que pensaba, que la tenía clara. y eligieron creerme, se vendieron, me dejaron de callar, entraron en su edad de cualquier explicación me viene bien. la pende me hizo acordar. yo también usaba palabras difíciles, para que las creyeran, ése era el problema, y las unía en frases largas y contundentes y se me deben haber cagado de risa, yo me cago de risa, también me da un poco de lástima, tantas palabras para decir, qué. ya ni me acuerdo.
Una noche, casi seguro fue una noche, empecé a mirar en silencio, o sea, me callé, y salía bien eso de escuchar sin hacer ruido, casi no molestaba, más expuesta la curiosidad me buscaba, empezaba por el final, me ahorraba las posibilidades que no quería, parecía más seria. sólo por eso volví, ahora, a decir cualquier cosa. Para no ser seria, que crecer ya trae lo suyo como para. Y eso que no se trata todavía de envejecer. es esto de no alcanzar, la lagartija en la pared, se me sale de las manos, la atrapa Mora y se la lleva a jugar, aparece Mariano, la agarra y la tira por la ventana. Qué bueno minimizar la inutilidad aparente de todo, el sinsentido de decir, seguir diciendo, contribuir a decir, ese balbuceo
que molesta desde el espejo, que
bueno que se convierta
para levantarse y salir a la vereda, silbando
y cantar
LaesquinaElalmacénElpiberío
y ver cómo la negra vuelve a ser ésa de uniforme, tentada, por mi interpretación.
o miro esos años que me los pasé hablando, hasta dormida. dejaba de hablar para cantar, parada en la clase de música nacíenunbarriodondeellujofueunalbur y en la esquina de Juan de Garay y San Martín, la canción que quiera por la moneda que tenga y los más viejos se sensibilizaban, las parejas, aburridas, me daban monedas, por la serenata inesperada, por la anécdota de la semana, porque se habían reído. Después volvía a hablar, me había encargado de legitimarme, traía años de chistes de jaimito, de cuentos interminables que escribía en la mesita ratona del living y después leía persiguiendo por la casa a cualquiera, yo sabía que esperaban, sin que llegara, que hubiera un punto, que cerrara una idea, que terminara el cuento. no me lo decían, ni yo les daba el gusto.
aunque hubo una o dos que casi me salvan de lo que vino después. que me dijeron, hinchapelotas, no paras de hablar, quién te dijo que cantas bien. Casi me salvan si no se hubieran dado vuelta después, porque a esa edad le siguió la otra, la de hacer como que sabía lo que decía, que entendía lo que pensaba, que la tenía clara. y eligieron creerme, se vendieron, me dejaron de callar, entraron en su edad de cualquier explicación me viene bien. la pende me hizo acordar. yo también usaba palabras difíciles, para que las creyeran, ése era el problema, y las unía en frases largas y contundentes y se me deben haber cagado de risa, yo me cago de risa, también me da un poco de lástima, tantas palabras para decir, qué. ya ni me acuerdo.
Una noche, casi seguro fue una noche, empecé a mirar en silencio, o sea, me callé, y salía bien eso de escuchar sin hacer ruido, casi no molestaba, más expuesta la curiosidad me buscaba, empezaba por el final, me ahorraba las posibilidades que no quería, parecía más seria. sólo por eso volví, ahora, a decir cualquier cosa. Para no ser seria, que crecer ya trae lo suyo como para. Y eso que no se trata todavía de envejecer. es esto de no alcanzar, la lagartija en la pared, se me sale de las manos, la atrapa Mora y se la lleva a jugar, aparece Mariano, la agarra y la tira por la ventana. Qué bueno minimizar la inutilidad aparente de todo, el sinsentido de decir, seguir diciendo, contribuir a decir, ese balbuceo
que molesta desde el espejo, que
bueno que se convierta
para levantarse y salir a la vereda, silbando
y cantar
LaesquinaElalmacénElpiberío
y ver cómo la negra vuelve a ser ésa de uniforme, tentada, por mi interpretación.

2 comentarios:
Lo bueno es que nunca nos aburriamos con vos...TKM
y ahora si?????
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