06 diciembre, 2011

marolla


El rejunte de las olas, el arrastre de lo que revuelven, ese barullo que son ellas mismas, las olas, en movimiento, y en conjunto, comiéndose
y volviendo a levantarse
desde la superficie aparentemente delimitada, hasta que el agua sube y crece y ahí me tiro de cabeza sabiendo que mientras ¿entro? la ola rompe con fuerza y a lo mejor me sacude los pies o me revuelca pero ni siquiera pienso en esto porque cuando saque la cabeza al aire otra ola va creciendo, como si estuvieran coordinadas en una tarea común de ser el mar. Revuelvo la olla con una cuchara de madera haciendo la forma del ocho, como vi que hace mi hermana. Prefiero dar vueltas, muchas vueltas para un lado, y de repente, ir en contramano, pero el ocho me distrae, me deja cerca de mi hermana. El Dr. Marolla, personaje de Boris, se hizo la idea, siendo chico, de que podía meter el mar en una olla. Y lo hacía. Incluso medía la sal. Para que tuviera suficiente. Como el mar cuando lo tragás. con la boca, la lengua, los dientes,
los ojos, la nariz. algún sacudón,
una toz,
una risa en los segundos que hay hasta la próxima ola que viene, desafiante. Si dejo de revolver escucho el rumor a borbotones de las burbujas salpicándose alrededor de la olla y de las más grandes en el medio. Chilla la pava si hierve. La trajo la negra, porque la anterior estaba despintada y quemada. Cómo se convierte una pava despintada en el motivo de un cambio que la suplanta y así como así, después de algunos años de poner al fuego varias veces por día esa pava azul con manchas negras y con mañas que ya manejaba, pasó a estar en un estante
adentro de una bolsa,
olvidada, inútil. Pero el ruido ensordecedor de las olas me envuelve como si yo también fuera una ola cómplice, consciente, que escucha cómo suenan las sombras
los ecos
de esa maravillosa creación.
Si todos pudieran viajar. O el mar se dividiera un poco más,
por acá por allá. Si pudieran viajar. La percepción viendo mar,
esa sensación vacíolleno
la orilla los perros que entran, salen, corren
¡familias que lavan ropa!,
el viejo que pelea para no aflojar mientras el mar tira y los huesos sienten,
la piel arrugada
la ola que lo lleva por delante y le golpea la espalda mientras alguno corre porque tiene frío y otros ríen porque parecieran estar en una fantasía.
Si habría una porción de mar en cada pueblo, en cada barrio,
como clubs. Un registro inevitable,
se elija o no.
No se trata de que haya un mar en cada patio de cada casa de cada persona, que tenga patio y que viva en una casa. No sería el extremo del mate, metido en la cocina diaria, arriba de una mesa, sobre las rodillas, entre las manos, en distintos momentos del día. Metido en esa forma de poner agua a calentar,
que no se hierva,
controlar la hinchazón a la yerba,
y la lengua que arde, y algún otro que putea. El mate. Qué imperativo. Jaque Mate. No, otra forma de mar.
queJa teMa. 
¿dónde estás vos,
metido en la olla?,
¿ siguiendo la cuchara de madera mientras te sigue?
Yo me quedé en los ojos exiliados, sin ver el cuerpo más que en los ojos exiliados. Debe decir algo sobre todoesto. Los ojos siguen y hablarán con alguien abajo de un limonero o cruzando la esquina.
En una clase de filosofía, de la secundaria, la gorda no entendía cómo podría la cabeza aislarse del cuerpo, se la debe haber tocado en ese momento y como estaba ahí arriba le  pareció impensable que saliera, se moviera. me enojé, y le dije
no seas idiota.

un paso para algún lado. en tan estrecho margen no iba a poder,
en este caso,
dejar de creer que no entendía lo que estábamos hablando.

Cuando sentí que ni nos rozábamos, la manoteé en una imagen y la senté en una mesa, con sillas alrededor, un cerebro arriba de la mesa, los ojos flotando encima, creyendo acaparar un panorama que a su vez se le escapaba pero
tampoco quise volársela. hice aparecer unos cablecitos para que se distrajera en lo que sí veía, o para que al menos los tuviera delante con la incógnita de qué hacer.
En la escuela provocaba mucho enojo. Y me enojaba también, pero no tanto como los que se enojaban conmigo. En número eran minoría pero concentrada. El narrador omnipresente exige estar donde no se está, entonces hay que cuidar los detalles para que no se note, intentar llegar a tiempo para no invalidar al otro, que intenta ser nuestro personaje. Que el narrador omnipresente sea además Otro personaje, me intimida a mí, que me desnudo mirando y quedo en una especie de desnudo de ojos exiliados. O todo lo contrario. Vestida con ojos y anteojos puestos. Porque la impostura de no leer al estar leyendo a un personaje a medida que sale del lápiz con el que lo escribo, haciendo creer una omnipresencia que a lo mejor me contradice por puro arte, mmm, no sé. Crisis. Sisirc. Cri, Sis. Sisi. La maya flotando, las rodillas lastimadas, los brazos raspados, el golpe en la mandíbula, las olas con las que vengo, con las que intento llegar. Todo vuelve a estar a punto de ser cambiado. Cualquier cosa. La costumbre. Y el mate va a seguir. Entre indios y caretas, entre caras y revoluciones, como viene y llega de tu mano a la mía esta tarde temprana de revoloteo en el mar.


05 diciembre, 2011

entre la cárcel y el manicomio, Hogar del Huérfano

El Hogar del Huérfano de la ciudad de Rosario ocupa media manzana por Cerrito y Laprida, donde funciona además, un jardín de infantes. Esta mañana las paredes aparecieron pintadas con aerosol denunciando los maltratos y abusos a los que se somete a los niños.

Para el que no reparó en su estructura, las paredes son altas, anchas y largas, de color amarillentas y con algunas leyendas que se van repitiendo a lo largo del Hogar: "colabore no escribiendo las paredes, limpiarlas cuesta tiempo y dinero, acá hay muchos niños, Rosario ayuda a mantener este Hogar, no ensucie, etc". Sobre éstas, se inscribieron las respuestas en aerosol.

Tiene ventanas enormes a la altura del primer y segundo piso, enrejadas, y en la mayoría del día, cerradas las persianas. Muy rara vez, cuando están abiertas, se ve algún que otro petiso agarrado a las rejas. La mayoría de las veces se ven los techos altos de adentro, la oscuridad de los ambientes y paredes, y el escalofrío de saber en qué malas manos hay tantos niños, bebés, adolescentes con la complicidad de todos.

Una de las pintadas que un señor, al rayo del sol, estaba limpiando cuando pasamos con iván caminando hace un rato, decía "Este hogar es una CÁRCEL". Borrarlo no parece fácil; en la palabra rosario pintaron un redondel, una flecha y "cómplice". En la palabra "niños" otra flecha y "maltratados" y así, a cada paso una denuncia: "120 años forreando a la sociedad" "acá violan chicos" "mirá como ensucio" "violadores" "abusadores".

La justicia viene hace más de veinte años archivando las denuncias, La Capital rompió el silencio hace algunos meses atrás, y mientras tanto 130 chicos (sobre)viven bajo la lógica del encierro de una Institución que destruyendo "aloja niños peligrosos, en situación de calle, por violencia familiar o falta de recursos económicos".

¿habrá alguna manera de terminar con una institución que viola -sin metáfora- derechos humanos, valores democráticos, la Nueva Ley de Salud Mental y toda legalidad básica? ¿o tendrán que seguir hablando las paredes? al menos, los vecinos, los que llevaron esta mañana chicos al jardín, y el señor que se encargó de borrar los gritos deben haber pensado qué carajo están haciendo de éste y de aquel lado de las rejas?








MIRÁ COMO ENSUCIO

03 diciembre, 2011

Al vent

(sin título)

Le lleva dos cabezas, o una y media, no se tampoco si cabeza es la medida,
la cuestión es que los ojos de ella se clavan más abajo de los hombros de él, donde irían las tetas que no tiene, y a lo ancho también la sobrepasa o la dobla, porque él es grandote y ella está como en un cuerpo chiquito cuando lo mira. Pero un cuerpo. Delimitado, abrazable, libre en su desnudez, con muchos huequitos por dentro donde esconderse o al menos irse
para que la vaya a buscar, en el cuello, en un apretón de manos, adentro. Pedro tiene esa mirada inquieta del que busca encontrar sentidos donde dejar los ojos. Recorre lo que tiene alrededor con una precisión penetrante que de tanto en tanto lo deja vacío, solo, lejos. No se va sin encontrar. Un choque tranquilizador, un camino por el que volver a pasar. La pirula lo ve, se ve, mira
como si fuera la única forma de salir,
de ir, estar y volver.

Cómo los cruzó la vida y qué es estar cerca en una reunión, en una charla, entre unos mates. Él es de una generación diez años anterior a la de ella. Los viejos de ellos son de una generación con tres años de diferencia. La distancia entre lo que cada uno vivió en términos históricos hoy pueden caminarla por sobre un puente. Pepe, el viejo de él, estuvo en el torbellino violento y apurado que impusieron los milicos. Al tano, viejo de ella, no lo chupó la escalada que vino por todo, estaba en el mismo torbellino pero atrasado unos años y eso permitió otras salidas. Otros hijos. Que mientras crecen se cruzan. Y se miran con la indignación de no querer aceptar cuánta mierda corrió allá atrás, esa pregunta-espina-asustada ¿de dónde carajo venimos? -que vuelve necio al que no ve que
vinimos y seguimos,
que estamos y vamos.-

Pedro se enreda en las vueltas que da por descifrar la falla de la maquina que nos destruye. Inventa diques, corta una autopista de espejos de colores que hace estallar con dardos voladores y tira semillas para que crezcan flores en la tierra de entrada al nuevo camino. Vienen pajaritos que son tiernos como personas, que pían como si fueran besos, que vuelan como en sueños y despiertos. La pirula se sube a las alas que recorren el viento que revuelve y mira las flores que crecen
como si fuera la única verdad.
Juegan los hombres mientras
ellos se miran jugar
y hay como una tristeza honda en esa ilusión
que cabe en una conversación y desborda
los cuerpos que se miran a los ojos
con la lucidez y locura
de los que se ven y se pierden.

24 octubre, 2011

un toque de cambio en la mirada,
no sólo en la dirección     de arriba abajo y al costado directo.
una mueca de ojos,
y la chilena con la punta de la sonrisa.

del decoloque de la visión,
el sentido del viaje.
las pequeñas historias, por donde anda el cuerpo
y se meten los ojos. 

29 marzo, 2011

de vez en cuando su cuerpo respira

Encontré el último papelito. Sonreí, con un suspiro inútil. Había empezado yo, antes de que la cosa empezara acá afuera, donde de tanto repetir o mantener se ve y se toca y se habla que algo pasa, que estamos en camino, en algún camino. Le dejaba papelitos en la mochila, tratando que no se diera cuenta, cuando cerraba los ojos, esos faroles que eran como míos o no eran para el mundo. Me divertía saber que se iba a sorprender, más tarde, cuando lo encontrara, antes que lo guardara en la billetera. Porque después de dos o tres ya supe que estaban uno arriba del otro, como pegados, atrás del pasado que pasea en fotos carnet. Escribía tres o cuatro papelitos y elegía los lugares, a veces cuando empezábamos a irnos de acá, los metía en el bolsillo del pantalón y aunque me olvidara, el papelito seguía ahí. Me avisó, cuando le abrí la puerta que había hecho lo mismo, se había multiplicado en mi cuarto, a las apuradas mientras me bañaba, siempre me avisaba, creía que las sorpresas le salían mal. Abrí el cajón y sonreí, ese día, me despeinaba y caían palabras. Supe que faltaba uno. Y aunque me olvidé, el papelito siguió ahí.
Hace un rato paré en la biblioteca, fui al estante de los libros a medias, pendientes, esos que quiero pero no puedo, por el tiempo, las prioridades, y agarré uno que fue a parar hace varios meses al estante olvidado, casi un año al margen de la mesa de luz. Me acosté y se cayó, el papelito, sorprendiéndome, el último de esos que escondió un día mientras me bañaba.  

a todo o nada

hay veces que, con buen tiempo, la cosa se da así. aunque todo sea muy amplio, casi relativo
y nada muy chiquito, casi regresivo.
es ese momento decisivo de indeterminación.
en la vereda hay unos nenes, de distintas edades, saltando. para saltar, no es necesario caminar. basta con pararse y tomar envión. por eso, hasta los que no caminan, pueden saltar. caigan parados o se desplomen en el piso, saltan. 
caminar tiene su sentido. y se aconseja, se practica, nos hace avanzar. 
con mal tiempo, desplomarse es lo más seguro. digo, si llueve y el piso está resbaloso o el día oscuro. y como la seguridad es algo así como bien común, de sentido común, tan privada que hace que uno se lave y se planche para no andar inseguros, saltar queda reservado para cuando se va la luna, salen los rayos del sol, y crecen las flores. ése es el ideal del salto fantástico. todos los colores, todas las ilusiones, todos los nenes, quieren estar ahí. Es casi una fiesta. Es, no se, todo. La fantasía del todo.
hay algunas cabecitas que pasean fantasías y otras que buscan vivirlas como si existieran, éstos, las acomodan en la realidad. Una vez pregunté después de algunas horas arriba del auto mirando los dos costados de la ruta, por qué en eso verde, ahí, en el campo, no se hacían casas para los que no las tienen. Se rieron, todos, y me explicaron algunas cosas que me parecieron tristes. con el tiempo aprendí a pensar menos desde mi chiquita individualidad, y más desde la sociedad que tenemos, con la fantasía de ser potencialmente más útil. me preguntaba, ayer, hoy, mañana, ¿a la izquierda, no se le ocurrió hacer lo mismo? caer al siglo XXI, año 2011, país Argentina, y querer ser, el kirchnerismo revolucionario? a quién le va a tocar ese papel?
la adrenalina de los nenes saltando en la vereda es una confluencia dinámica en la que pueden sentirse más o menos alegres. no se están peleando ni haciendo la tarea, ni cerca de los retos de los grandes, el clima festivo, los cordones atados y la picardía que comparten, hacen del juego, un placer. Sobretodo cuando en  la calle, otro grupo, ensimismado, con una pelota, juega al cuadrado.
Hay, abajo, en el entramado social, una caminata ayudada por los vientos que vienen de arriba. Una tarea inmensa para ponernos al día. Saltos que pueden mostrarnos que estamos preparados. O derrotas que sigan demostrando lo que queda por hacer, caminando. Mientras lo que se ponga enfrente sea un grupito cantando, ¡el que no salta es joven k!, no hay mayor desafío actual para saltar por los aires, de árbol en árbol y de techo en techo.

26 marzo, 2011

once

El frío del piso del balcón y del aire que corre a la altura del once en un edificio viejo, al costado del río, mientras miro de reojo el barco iluminado que se roba el agua del Paraná y me acurruco tapándome las muñecas y los talones, con la capucha puesta, el libro entre las rodillas, me lleva a buenos aires, otros balcones, y algunos momentos elegidos al azar, con anto, que vive allá y que hace mucho que no veo, así en vivo y en directo, porque por medio de la computadora no dejamos de intentar aproximarnos lo más posible a esa espontaneidad de la cercanía que dejamos de tener. Rosario tiene un montón de edificios antiguos, de azulejos y vitrós, faroles y balcones, que pueden hacer retroceder al que los mira, a ese terreno de la historia que se perpetúa en medio del vendaval de hoy. Hay un buzón del correo, en una esquina de la peatonal, que me lleva también a su espacio, digo, cuando estaba menos solo, cuando había más buzones en más esquinas y también más manos metiendo en la rendija flaca la carta que una vez adentro estaba más cerca del que iba a verla en el piso cuando entrara o saliera de la casa.
Me apoyo en la baranda y miro para abajo. enfrente hay un local del pro, bunker le deben decir los cuatro muñecos que una vez a la semana prenden la luz, en esa esquina, y afortunadamente no se multiplica con el ritmo de las casas compañeras, ni cerca, en esta rosario que sí viene multiplicando el brillo con su casino y otras construcciones para cuatro, y los policías con luces azules en el 911.
Desde la ventana de la cocina de anto, una mañana, mientras buscaba algo en la heladera, miré al vecino que me miraba desde enfrente, es decir, cruzando la calle se levantaba un edificio que llegaba hasta donde yo estaba parada, también un piso once, y seguía más alto, por lo que después de algunos movimientos rápidos con los ojos volví a mirar al vecino, que además en buenos aires es extraño llamarlo así, y sentí que hasta podía decirle hola, buen día, palabras que no hicieron falta para percibir que estábamos en el mismo lugar, casi en la misma cocina, y haciendo lo mismo, mirándonos. Seguí, ese día, buscando algo que hacer ahí, entre repasadores suspiros y palcos en 3d. Parecíamos tan cerca. Llené la pava, prendí la hornalla, puse el fósforo en el cenicero, hasta que el agua estuviera a punto agarré la yerba, preparé el mate, pispié al susodicho que regaba plantas y caminaba en pantuflas,  prendí la radio, me senté en la mesada, charlé con anto que se había despertado, vi prenderse la luz del living del departamento de al lado a mi punto de vista, vi que también él giró la cabeza, abrí la ventana. tengo ganas de ver a anto, capaz se hace kirchnerista, y empezamos a cruzarnos en los actos, entre MILES. o seguimos encontrándonos en los márgenes, entre algunos.
Dejo el balcón a la lagartija y entro al cuarto, de casada, de mi hermana. paso por el pasillo y pienso, en qué andará anto. pasa Mora y maúlla algo que no llego a descifrar. seguimos acá, pienso, por la gata y por mí, desde el primer departamento de pau, cuando todavía iba a la escuela, hasta éste, tres en el medio, ahora el piso once. por acá andamos.

bella vista

Desde que se me nublaron los ojos veo posibilidades la más de las veces absurdas como si fueran reales. Qué será de nosotros. La disgregación de los colores y las formas en las manchas que capto hacen que vea por ejemplo ahora un mono tití agarrado a una rama, estático, con la boca abierta. Es divertido, en vez de minimizarlo, lo miro de nuevo. Son en realidad unos chirimbolos que cuelgan como uvas, hojas, chiquitas, semillas, no sé cómo se llaman, no son nada de eso, pero son del palo de los helicópteros, esos que si tiras para arriba caen girando.
Cuando me sentaba en el cantero de la vereda en la puerta de casa, antes no había rejas y había más pendejos, como yo, que eran la pelota la bici los gritos del barrio, cuando estaba sentada ahí, despidiendo a alguien o esperando que salieran los demás, agarraba del piso, del cantero, de las zapatillas los chirimbolos estos que tira el árbol y los rompía a la mitad, siempre los rompía igual, por la misma línea, y adentro tenían algo, que también tiraba con las dos partes cuando estaba por agarrar el que seguía. A veces, si me tenía que ir, me llevaba algunos en el bolsillo.
Es como un juego, de intuición, esto de ver un mono del tamaño de una mano con esa expresión, estático en la rama. Sonrío y sigo. Más tarde capaz me acuerde, me ría, lo busque.
Había unos tipos pescando al costado de la ruta, tenía puestos los lentes así que distinguí lo básico y me dieron ganas de pescar. Mojarritas. Como cuando tenía ocho años, los dientes para afuera, el pelo largo, el enterito de jin y buscaba lombrices en el patio, con un pie hundía la pala, sumaba el otro, un poco más de fuerza, la lata esperando, y después agarraba un boguero que sentía alegremente mío y salía por la puerta.
La tranquilidad y la ansiedad de los tipos al costado de la ruta, mirando el agua quieta, la boya que se hunde a tironazos, esa sensación de, está picando, ese segundo preciso, intensamente decisivo en su pequeño sentido, se me antojó. el resto es un embole, por eso voy a cuidar estas ganas, que están buenas.
mientras el club Mitre dure como lo que paradójicamente es, popular, con las parrillas, el muelle y las mesas arriba del agua, voy a seguir mirando de reojo a los pescadores una o dos veces, entre que lleno el vaso, me revuelvo el pelo o camino al baño, pensando en otra cosa, pero sabiéndolos en mi paisaje, en su vida. Cuando un lugar cierra tiene la consecuencia forzosa de que los que iban, no se encuentren más ahí. capaz los deje de ver, y el olvido vaya llegando a medida que los espacios se achiquen. Mirábamos con guido las fotos de cómo va a quedar cuando lo pongan a tono con la modernización que sobrevalua la zona del río. Un bajón, otra onda. No van a poder ni entrar, nos dijo un guardia. A lo mejor, no sería raro, le cambian el nombre. Vidriado, geométrico, herméticamente cerrado, negro, en combinación con el puente nuevo que hicieron ahí, desaparecen las parillas, el muelle de madera, el cemento desprolijo, la barranca de las guitarras y el asado, del vino, el folklore y la murga. a dónde nos iremos a encontrar. 

07 marzo, 2011

nunca nos pelearemos, en el año dosmil

creo que están subestimadas las consecuencias cerebrales de estudiar una historia que no pasó. Individual y colectivamente. Que si la conciencia es la base para la libertad, que sea más apedreada que el río explica la distancia. Demoro entre las discusiones del pasado que siguen hoy sin ponerse de acuerdo. Maira va más rápido, se aprende el programa, no es joda que sea más pragmática. Yo puteo a los dos mil once vientos. Después me río, no pasa nada, está todo bien, aunque estemos locos, Divididos, desencontrados, descomunicados. Aunque me haga pasar por una racional tranquila, hasta que el profesor soberbio se enoja y nuestra repetición de argumentos boxeadores termina en una nota en una libreta en un cajón en un gesto durante el día en un recuerdo en una risa descomprimida.
¿Qué tiene que ver la juventud del siglo veintiuno con el kirchnerismo? es una configuración, englobable, contradictoria, contemporánea, disruptiva, rebelde, reúnen los requisitos para hacer polémica, para empezar una conversación, para despejar lo que buscamos. Son parecidas, la juventud y el kirchnerismo. Éste último tiene a Néstor de símbolo, estrambótico, a Aníbal de contestatario visible y provocador, a cristina coraje. Aquella es numerosa, atrevida, tiene potencialidad, da idea de renovación, de re-estructuración. ¿qué se pueden dar? Representación, lugar, voz, ideas, votos, respaldo, -recíprocamente. La función es cultural, social, histórica, política, cronológica, discursiva. Por los mismos hijos de ese futuro año dos mil que ya pasó, y dentro de unos años para los hijos de mañana con el arrastre que reconfigura. Desconcierta. Agrupa. Nos da motivos.
¿de qué sirve el kirchnerismo en amigos jóvenes de mi al rededor? como síntesis, etiqueta, título, nombre, identificación.
mati me abre la puerta y lo primero que me dice es,
-el de anoche era kirchnerista.
o sonríe y me aclara
-la banca a cristina.
Agunas veces es apenas; -la va a votar. Pero es suficiente para alegrarse,
viene de otros complementos, y la pertenencia que encuentra ahí, resume el respiro que le significa,
la posibilidad de defenderse, defendiéndola
de individualizar esa mujer y admirarla con otro.
Es una pertenencia sin mediación, el respaldo de la cama es la estructura. el espacio se lo inventa, y así andan, muchos, desde cualquier punto de vista. como Mito
que parecen trabados
entre formas caducas que no atraen
y nuevas que no tienen forma. la explosión se vuelve su contrario a cada rato, pero no quieren estar afuera del ideario, con los que no entraron. Con los que, después de la lucha por la legitimidad, se quedaron sin otro modelo posible. Entonces lo hacen propio, individual, libidinal, conflictivo. las consecuencias son modificaciones en la forma de ver, de buscar, de pensar, en beneficio de encuentros posibles, de argumentar desnudos, de profundizarse en lo que nuevo que interesa porque el viento revuelve los papeles. porque otros soñaron este reflejo de derechos sociales en los que reivindicarnos. Porque la cátedra perdió confianza. Y Ve labura en un programa nacional. cristina mete pibes. el chivo hace la lista de jóvenes. anto en secreto con su diseño gráfico. maira pispeando a josé maría rosa. reflejos que se reconfiguran a cada rato posibles.

por error, que la noche corrige

No tengo ganas. Pero quiero, sin esfuerzo, vivir aunque sea en palabras, lo que se me ocurre. Para divertirme y para decir acá estoy, por ahí andaba, podes venir.
Anoche dos amantes se encontraron después de un par de años sin verse. Ese par de años que cumple el enano, que se asoma de atrás de la pelota de futbol en una foto de la repisa del living del segundo departamento de una familia chica, joven, prematura. Justo en ese momento. ¿no podía esperar un par de meses, que lo nuestro no durara, que yo desapareciera, que vos me digas hasta acá llego y me voy porque tengo miedo, o que me digas, es una relación de años y no quiero arruinarla, que es lo mismo. No podía esperar que nos sacáramos todas las ganas, que nos exprimiéramos y enroscáramos y nos tiráramos rodando de las lomas de Paraná, que nos creyéramos dueños del mundo y de la vuelta a la propia vida? No, tenía que despertarnos a mitad de la noche, el cuarto desordenado, las ilusiones primeras, esas de, nada es verdad qué bien la pasamos. Y nos pusimos serios, nos agarró desprevenidos, nos soltamos la mano, yo estaba triste, él asustado, unos meses de mierda, ese año. Nos dejamos de ver. Se venía mudanza y la transformación del impacto primero en alegría una vez enajenado en las ilusiones de los abuelos, el latido en la panza, la continuidad de uno, aunque no tan así, pero. Para mí el garrón era traer otro al mundo. Le dijiste que existe papá Noel le pregunté anoche, y se sonrió, siempre hacía eso de reírse así, y todavía, de mí y a mí me gustaba y me gustó que sonriera, porque además sé cuándo se viene esa forma de mirar, cuándo dejamos de aceptar y hacemos cortocircuito y entonces yo lo miro pelear y él me mira pelear y creemos entendernos un poco más o gustarnos un poco más, que se yo, parecen dos días largos pero son dos años o capaz tres, de distancia, nosotros cerca pero los años en el medio, mi departamento de estudiante, tu cara de cansado, la inocencia que vamos perdiendo.
Lo inesperado fue que dejáramos pendiente lo que en esos días, hace dos o tres años, era simple espontaneidad, los pies acariciándose en una silla abajo de la mesa mientras arriba nos reíamos entre locas y locos sin escandalizar la mirada, tranquilos, cómplices. Tengo una carpeta de cosas pendientes. Frases a la mitad. El recuerdo interrumpido de Javier. Estos pies acariciándose sin mesa que los tape, sin amigos que distraigan, con la simple espontaneidad intacta y la resignación tapando la pendiente. Lo inesperado fue haberme callado, que sigas hablando, no poder decirte, acá estoy, por ahí andaba, podes venir. Son vueltas,
estaba inaccesible en las hojas de historia y no tenía ganas pero me bañé y salí, el aire de la noche, los años vueltos días, el departamento lleno de juguetes, otra vez los pies en la misma silla. esa forma de mirar.

será por eso que del todo no me fui


Cuando memorizo, y vuelvo a ser otras que fui, a veces camino el pasillo hasta la ventana abierta de la puerta de la casa de mi abuela y le pregunto en puntas de pie si puedo ir al kiosco, porque una vez le dije eso y me dio monedas y ahí empezamos a repetirnos.
o miro esos años que me los pasé hablando, hasta dormida. dejaba de hablar para cantar, parada en la clase de música nacíenunbarriodondeellujofueunalbur y en la esquina de Juan de Garay y San Martín, la canción que quiera por la moneda que tenga y los más viejos se sensibilizaban, las parejas, aburridas, me daban monedas, por la serenata inesperada, por la anécdota de la semana, porque se habían reído. Después volvía a hablar, me había encargado de legitimarme, traía años de chistes de jaimito, de cuentos interminables que escribía en la mesita ratona del living y después leía persiguiendo por la casa a cualquiera, yo sabía que esperaban, sin que llegara, que hubiera un punto, que cerrara una idea, que terminara el cuento. no me lo decían, ni yo les daba el gusto.
aunque hubo una o dos que casi me salvan de lo que vino después. que me dijeron, hinchapelotas, no paras de hablar, quién te dijo que cantas bien. Casi me salvan si no se hubieran dado vuelta después, porque a esa edad le siguió la otra, la de hacer como que sabía lo que decía, que entendía lo que pensaba, que la tenía clara. y eligieron creerme, se vendieron, me dejaron de callar, entraron en su edad de cualquier explicación me viene bien. la pende me hizo acordar. yo también usaba palabras difíciles, para que las creyeran, ése era el problema, y las unía en frases largas y contundentes y se me deben haber cagado de risa, yo me cago de risa, también me da un poco de lástima, tantas palabras para decir, qué. ya ni me acuerdo.
Una noche, casi seguro fue una noche, empecé a mirar en silencio, o sea, me callé, y salía bien eso de escuchar sin hacer ruido, casi no molestaba, más expuesta la curiosidad me buscaba, empezaba por el final, me ahorraba las posibilidades que no quería, parecía más seria. sólo por eso volví, ahora, a decir cualquier cosa. Para no ser seria, que crecer ya trae lo suyo como para. Y eso que no se trata todavía de envejecer. es esto de no alcanzar, la lagartija en la pared, se me sale de las manos, la atrapa Mora y se la lleva a jugar, aparece Mariano, la agarra y la tira por la ventana. Qué bueno minimizar la inutilidad aparente de todo, el sinsentido de decir, seguir diciendo, contribuir a decir, ese balbuceo
que molesta desde el espejo, que
bueno que se convierta
para levantarse y salir a la vereda, silbando
y cantar
LaesquinaElalmacénElpiberío
y ver cómo la negra vuelve a ser ésa de uniforme, tentada, por mi interpretación.